A Anselmo le gusta la IA

Anselmo, propietario de una empresa, se alegró mucho cuando pudo despedir a todo su departamento de desarrollo de software.

La IA sacaba más trabajo que ellos por una fracción del coste ¡Malditos vagos!

Esta alegría aumentó aún más cuando pudo despedir a todo el departamento de marketing.

Otra IA se encargaba de todo el marketing.

Su dicha crecía al ritmo de los despidos: el departamento de administración, recursos humanos, consultoría… Todos a la puñetera calle.

Por fin se pudo deshacer de todas esas sanguijuelas que no hacían más que chuparle la sangre a su pobre empresa. A su empresa y a él, que por culpa de los sueldos no podía permitirse todos los lujos que quería.

Que si vacaciones por aquí, que si un hijo por allá, que si he pillado el ébola.

Sieeeempre tenían alguna excusa para no trabajar.

Pero las IAs no se quejaban nunca. Y trabajaban sin descanso.

Y su cuenta de resultados era maravillosa. El beneficio había aumentado una barbaridad.

Amaba a las IA.

Y era feliz.

Pero… un día le llamó un cliente. Resulta que habían creado una IA que les permitía prescindir de la empresa de Anselmo.

Esa noche durmió un poco menos feliz.

Según pasaban las semanas más clientes iban cancelando contratos.

Anselmo ya no era feliz. Unos meses más tarde tuvo que cerrar la empresa.

Odiaba a la IA.

Y era desgraciado.

¿Hubiera cambiado algo si Anselmo no hubiera despedido a nadie? Seguramente no, pero al menos Anselmo recibe su castigo y es un buen final.

Mucha gente ve claro que la IA va a quitar muchos trabajos, pero, ojo, también dejará obsoletas a muchas empresas.

O puede que no.

Veremos.

Y ahora la moraleja (que ha hecho una IA):

La IA no solo elimina puestos de trabajo. Elimina ventajas competitivas enteras. Las empresas que sobrevivirán no serán las que usen IA para recortar costes, sino las que la usen para ofrecer algo que los demás no puedan copiar fácilmente. El error de Anselmo no fue usar IA: fue creer que la eficiencia era su único valor.

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